En este caluroso comienzo de verano estamos asistiendo a un escrutinio constante por parte de la opinión pública y otros sectores profesionales sobre la gestión del arbolado de nuestras ciudades. Aparecen noticias prácticamente a diario y en múltiples medios, donde se cuestiona la idoneidad de medidas polémicas, desde proyectos de reordenación urbana que afectan arboledas consolidadas o que ignoran la posibilidad de incorporarlos, hasta el cierre de espacios arbolados por alertas meteorológicas.

En un momento en el que la sociedad está empezando a asumir el papel protagonista del árbol en la ciudad del siglo XXI, en el que diversos colectivos sociales demandan respuestas sobre su gestión, los profesionales de la arboricultura deben ser sensibles a esta nueva situación y argumentar técnicamente sus propuestas y decisiones.

Durante mucho tiempo la profesión no ha sido capaz de conectar emocionalmente con la ciudadanía en la defensa de nuestros árboles. En la mayoría de los casos simplemente pasaban desapercibidos, se les consideraba accesorios o aparecían como generadores de molestias o daños. Sin embargo, en este momento, asistimos a un proceso en el que los árboles urbanos aparecen como un recurso clave para mejorar la calidad de vida de nuestras ciudades. Erigidos como una herramienta de salud pública, paliando los efectos de la isla de calor, limpiando el aire o como generadores de paisaje y conectores de naturaleza en un entorno cada vez más artificial.

Esto supone un nuevo escenario y la cuestión clave que debe abordar el mundo de la arboricultura es como enfocarlo:

¿Cómo un desafío profesional?, ¿Cómo una oportunidad de reclamar la necesidad de técnicos formados en arboricultura?, ¿Cómo una oportunidad para exigir que esos técnicos participen de las decisiones que afectan a la planificación o conservación de los espacios urbanos?

Pero también, desde la autocrítica al nivel profesional del colectivo, su grado de especialización y el rigor de las actuaciones que demanda la sociedad. Se trata de una actividad compleja, que requiere un aprendizaje en profundidad y actualizado, con avances científicos y técnicos constantes que nos ayudan a entender los procesos que afectan a los árboles y deben condicionar nuestras decisiones.

Un claro ejemplo, son los avances en el campo formativo como el desarrollo de programas de postgrado específicos (Máster o diplomas de especialización en arboricultura), certificaciones profesionales o documentación técnica de referencia como los estándares europeos (EAS, European Arboricultual Standars). Publicaciones consensuadas a nivel europeo que tratan de establecer un conocimiento básico estandarizado sobre arboricultura (poda, plantación, sustentación, evaluación de riesgo, valoración económica y protección por obras).

Y a nivel profesional, servicios como el SERVER (Servicio de Evaluación y Revisión Verde) en la ciudad de Madrid, que suponen un salto cualitativo en la gestión del arbolado urbano, con el establecimiento de un servicio especializado que inspecciona, detecta y resuelve situaciones de riesgo en arbolado, registrando y catalogando incidencias.

En cambio, esta tendencia no se ve reflejada en la realidad del día a día y no trasciende a otros sectores profesionales implicados en la gestión urbana, a nivel normativo o vemos como se polemiza desde la opinión pública.

La necesidad de explicar decisiones técnicas en la gestión del arbolado urbano:

Vemos reiteradamente noticias que nos alertan de la retirada de ejemplares maduros por obras en la ciudad consolidada o preguntas como ¿Por qué se cierra tanto tal Parque en un momento en que se requieren refugios climáticos? Desde la AEA pensamos que el colectivo profesional de la arboricultura está interpelado y tiene que responder a distintas preguntas.

¿Son necesarios los protocolos de gestión a partir de alertas meteorológicas?

Claramente sí, nos van a ayudar a gestionar el riesgo de que ocurran daños. Requieren de un estudio pormenorizado del estado de los árboles en su ámbito de actuación y las variables meteorológicas que intervienen en la ocurrencia de fallos en su estructura. Y un factor de gran importancia en la gestión del riesgo, los usos que allí se den y la intensidad con que se produzcan. Por tanto, los umbrales utilizados no son extrapolables a otros espacios con características o usos diferentes. Y en particular, en la gestión de un jardín histórico que trata de compatibilizar la conservación de un espacio singular con los múltiples usos que se plantean.

¿Está preparada la sociedad para tolerar ciertos niveles de riesgo?

La percepción del riesgo está condicionada no solo por la probabilidad que suceda un evento capaz de generar daños, en nuestro caso el fallo de la estructura de un árbol, sino de un contexto social y una componente emocional.

Con el fin de serenar la alerta social que se genera cuando ocurre un accidente y un posible exceso de celo en los gestores, se requiere una comunicación efectiva de las actuaciones que se realizan para evitarlos y de su escala relativa dentro de las causas derivadas por riesgos naturales. Para tratar de prevenir ese sesgo preventivo en la toma de decisiones debemos contar con un registro de las incidencias y utilizar modelos predictivos fiables.

¿Es necesario que los proyectos de reforma urbana tengan en cuenta como condicionante el arbolado existente?

Se trata de una cuestión clave. Al igual que se consideran otros elementos preexistentes como un condicionante del proyecto: construcciones, evidencias históricas o restos arqueológicos, los árboles maduros en buen estado deben conservarse como un bien preciado, creadores de un espacio público de calidad y buscar una solución técnica al proyecto compatible con su preservación.

¿Es necesario que en las comisiones de patrimonio encontremos arbolistas?

Fundamental. Parece insólito que en las comisiones donde se toman decisiones sobre la protección del patrimonio histórico de una ciudad, que incluye árboles y arboledas catalogadas, no cuenten con especialistas de la arboricultura y sean otros profesionales los que se aventuran a decidir la idoneidad de los proyectos que les afectan o las medidas de protección a incorporar.

En resumen, nos encontramos ante un reto profesional, una oportunidad de reivindicar la necesidad de técnicos especializados en la gestión del arbolado. Es el momento de implantar herramientas normativas y de planificación efectivas en nuestras ciudades que ayuden a preservar nuestros árboles de forma compatible con el uso de los espacios públicos y que permitan afrontar el desafío del cambio climático con rigor tanto en la toma de decisiones como en la explicación de lo que ocurre.

 

Miguel Angel Nuevo, miembro de la Junta directiva de la Asociación Española de Arboricultura, AEA.