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Excelente artículo sobre la poda, firmado por el presidente de la AEA, Mariano Sánchez y publicado en La Voz de Galicia. Lectura más que recomendable:

Llega el otoño, momento en el que los árboles caducos parecen ir al armario y cambiar durante unas semanas sus vestidos, quedándose preparados y desnudos frente al invierno.

La abscisión de las hojas al bajar la temperatura es una mejora evolutiva que los árboles caducos han perfeccionado durante milenios, evitan helarse sobre el árbol y perjudicarlo con enfermedades.

Los ciudadanos que aman jardines y árboles aprovechan este momento y pasean al azar, disfrutando de los bellos parques y jardines españoles, a la búsqueda del nuevo color que nos deparan sus plantas. Los colores son inducidos, además de por la especie, por el frío y la intensidad de la luz solar. Al depender del clima, los colores varían de un año para otro. Un año con mucha lluvia y, por tanto, abundantes nubes, baja el nivelde luz y las hojas lucen con tendencias al amarillo y menos al rojo, producto de los distintos niveles de carotenoides y antocianinas.

En esta vorágine donde cada planta asombra con su cromatismo otoñal, aparecen los legalismos de esos pliegos de condiciones inconsistentes que se escriben desde los ayuntamientos, faltos de conocimiento y, desde luego, faltos de sensibilidad, de estética y de apoyar la salud de sus ciudadanos.

¿Desde cuándo, técnica o científicamente, un árbol, por el hecho de ser plantado en una ciudad, debe ser podado y se le han de cortar sus ramas? Ahí acumula sus reservas para brotar en primavera; se le está debilitando. En un mundo paralelo al desarrollo evolutivo de la arquitectura arbórea, se afilan las cadenas, se escucha el sonido sordo de la puesta a punto de los motores de las motosierras y se organizan las brigadas mientras quedan aún árboles de gualdas hojas que siguen sorprendiendo antes de caer al suelo.

A diferencia de los árboles, los ayuntamientos y los pliegos de mantenimiento llevan décadas sin evolucionar. En otoño se poda. «¿Por qué?», preguntan algunos. «Se ha hecho siempre», responden, «es una tradición». Pero también lo era el canibalismo y, afortunadamente, desapareció. Aquí aparece un minuto de silencio porque los árboles no necesitan la poda. Solo unos pocos con riesgo la necesitan. ¿Acaso si aparece un barco carcomido se hunde la flota?.

Hay decisiones como la poda que no se meditan. Sabemos los beneficios que nos aportan los árboles: sus hojas retienen contaminantes en su rugosa superficie, retienen y transforman el dióxido de carbono que produce la industria y la vida diaria en oxígeno reparador, retienen también el agua de las riadas, albergan pájaros que alegraron nuestro confinamiento y nos relajan en los jardines.

En plena pandemia se habló de biofilia, de la mejora en la salud física y psíquica de las personas si se mantenían cerca de maderas, piedras, plantas, cuanto menos de un jardín o una arboleda. Hagamos caso a médicos y científicos, ¿por qué se ven con envidia esos hospitales ubicados en medio de una arboleda? De pronto, sin saber a ciencia cierta cómo, arranca un motor y, al igual que en una película de terror, arrancan las motosierras. Subidos a las cestas llegan a la copa. Caen las ramas llenas de hojas, una tras otra, con un golpe seco en el suelo. Esas hojas que nos ayudan a respirar son recogidas y trituradas, como las ramas perdiendo beneficios y salud.

Desaparece esa arquitectura arbórea que investigó el botánico Francis Hallé. La poda deja sin futuro al árbol: los hongos inician procesos de descomposición de la madera, aparecen cavidades en troncos y ramas y se incrementa el riesgo de futuras caídas de ramas que puedan provocar daños personales. Tras una primera poda se entra en un círculo vicioso: poda, pudrición, caídas, poda…

La poda puede ser puntualmente necesaria: una pudrición en rama o árbol sobre zona de paso, ramas que tapan farolas, ramas secas sobre bancos o reformar un terciado antiguo, deben ser realizadas por profesionales especializados y dirigidas por técnicos arbolistas. Hay que sentarse y meditar, a ser posible admirando un árbol casi sin poda. Pensar y decir: qué belleza.

Mariano Sánchez García es jefe de la Unidad de Jardinería y Arbolado del Real Jardín Botánico-CSIC y presidente de la Asociación Española de Arboricultura, AEA.